jueves, 27 de febrero de 2014

La despedida (y las historias) (3 de 3, fin).

12 de febrero de 2014.

***lunes 10***

El lunes temprano pregunto por J.P.C., el niño guatemalteco. Ya no estaba. Wilmer me comenta que de madrugada un tren salió a las tres y muchos migrantes aprovecharon para continuar su camino. El guatemalteco se despidió del albergue sin decir adiós, y me alegro, porque ahora le recuerdo sonriendo con su pelo recién cortado riendo junto a los demás.

Wilmer también se marcha. Nos despedimos aunque le hago prometer que me irá relatando por donde va en su viaje.

En un nuevo tren, aparecieron tres viejos conocidos. Tres de los cuatro evangelistas salvadoreños entraron de nuevo en el albergue. Me relataron como los tiraron del tren en Veracruz. Les robaron. Y como el tío de Juan Carlos consiguió seguir hacia adelante porque cogió otro vagón. Llegaron con lo puesto pero con la mismas ganas de continuar su viaje hacia EEUU. -¿Y ahora qué? ¿De vuelta a El Salvador?- les pregunté al verlos. Pero se niegan volver donde no había futuro para ellos. Juan Carlos me pidió que le ayudara a entrar en su Facebook y escribir un mensaje. Siempre entraba con su sobrina, quien le apuntó las claves en un papelito de papel que lleva guardado bastante bien. Aunque hubiese tenido valor los ladrones no hubiesen dado con él. En su muro escribimos un saludo para todos sus amigos, indicamos donde se encuentra y que está bien. –Nos os preocupéis por mí, estoy bien, estamos en el camino-.
 
 

***martes 11***

El albergue parece la verbena de un pueblo pacense. Paseando no podemos evitar echar unas risas. De entre toda la ropa que llevaba (28 kg, más de la mitad sin estrenar) –gracias de nuevo a Cristina y a mi familia, y también a Juanjo, Fátima y Emilio-) he podido repartir mínimo unas 20 camisetas (donadas por mis dos hermanos) de cross, carreras populares, competiciones deportivas… de pueblos extremeños, también varias de Extremadura y de la Asociación de Futbol Sala de Zafra,… Salíamos a pasear y encontrábamos migrantes con camisetas de Fuente del Maestre, Zafra, Extremadura, Mérida, Solana de los Barros, Don Benito, Llerena,…

La historia del chancho vuelve a salir una y otra vez. A veces pienso que sucedió y otras que no. ¡Qué importa si ellos se divierten y yo también! Mientras tanto, el número de subsaharianos fallecidos en el incidente de Ceuta se incrementa. Nadie resulta culpable, y tampoco se escucha que un mísero perdón por las autoridades españolas.

 


En el tren viajaban todo tipo de personas. Durante mi estancia no recibimos a ningún migrante con un problema de salud grave derivado de su viaje en el tren. El trayecto de Arriaga, en el estado de Chiapas, a Ixtepec se hace en dos horas en coche, y en el tren se tarda entre 12 y 14 horas. Cuando viajaban de noche traían algún rasguño de las ramas de los árboles que no veían, aunque los primeros avisaban. Si viajaban de día llegaban quemados por el sol.

Uno de estos días llegó un salvadoreño que le faltaba un brazo (tenía una pequeña prótesis con un gancho) y con una pierna ortopédica. Viajaba para buscar trabajo. Nos comentó que, a pesar de todo, siempre le ayudaban a bajar y a subir al tren. Alguien comentó que se podría dedicar a pedir limosna debido su estado de salud, pero él pensaba diferente. Viajaba con lo puesto. En el hueco de la prótesis guardaba meticulosamente en bolsitas de plásticos los teléfonos apuntados de familiares y amigos, y su identificación.

Un migrante me habla de su historia. Yo ya sabía el final pero no el principio. Aunque en las historias tristes es mejor no dar nombres, en esta resultaría más difícil porque nuestro protagonista tiene dos. Me explico. No recuerdo de qué país es, pero sí sé que tiene 18 años y que lleva tiempo en el albergue. Todos los conocen; además, siempre se presta en colaborar con los voluntarios, y estos confían bastante en él para hacer cualquier gestión. Es muy responsable. Pronto escucho su nombre y poco después le pongo cara. Pero un día, Nando me cuenta que ese no es su nombre real. Cuando la madre le llama por teléfono si pregunta por él por su verdadero nombre. ¿Por qué se lo cambió? Supongo que no sería porque no le gustaba, porque ambos son anglicismos, es decir, podía pensarse que monta tanto que tanto monta.

Por fin tengo ocasión de hablar con él. Y me cuenta como quiere escribir su historia. Espera que en unos seis meses obtenga la nacionalidad mexicana, para después irse al norte de México donde se encuentra el hermano del padre y poder estudiar. Sueña con estudiar y con labrarse un futuro basado en sus estudios. Un sueño humilde si lo miramos desde nuestro punto de vista, pero quizá un sueño ambicioso si supiéramos su punto de partida. Disimuladamente le saco el tema de porqué quiere que le llamen con otro nombre. –Cuando obtenga la nacionalidad mexicana me cambiaré el nombre de forma oficial- manifiesta. Y entre dientes confiesa que su verdadero nombre le recuerda a una persona, a la cual no quiere recordar. Luego, se abre un poco más, y revela que es a su padre. Habla con la mirada apuntado para el suelo.

Entonces entiendo que su pasado no debió ser fácil, y no voy a ser yo quien le haga hablar de él. Más aun cuando el futuro que le espera va a ser brillante. Lo intuyo, apostaría por ello. Desisto saber de su historia pasada, por tanto, continúo sin saber el principio, porque en verdad lo que realmente importa es el final de la historia que está empezando a escribir ahora.

Esta es mi última noche en el albergue. Y no sé por qué pero nos quedamos más tarde. En las paredes de la oficina hay un par de mapas de México donde se indicaban las rutas del tren, y también los albergues de migrantes. Un grupo de centroamericanos se agolpa en torno a uno de los mapas. Conversan con parsimonia, preguntándose unos a otros, aunque a veces no hay respuestas. En este viaje siempre hay preguntas pero las respuestas son escasas, difusas. Señalan con el dedo el mapa, y lo deslizan sobre él como si imitaran el viaje del tren sobre las vías.

Me acerco a ellos, y les pregunto sobre que hablan. Quizá les pueda ayudar. Entre todos tratan de averiguar cuáles son las rutas más seguras. Tratan de saber que historias de las que se cuentan son verdad, o si son solo leyendas. Poco les pueda ayudar, ellos saben más del camino que yo. Pero sobre todo me sorprende con qué tranquilidad asumen que el viaje conlleva riesgos. Y por riesgos no hablo de que te roben, porque además cuando poco tienes no mucho te puedan quitar. Hablo de RIESGOS con mayúscula. Pero ahí están, conversando con parsimonia y a veces sonriendo, aunque sus ojos estén cansados y se muestren temerosos.

 


*** miércoles 12***

 
Y llega el día de mi despedida. Por la mañana temprano acudo al albergue, y por sorpresa nos enteramos que el tren está a una hora de Ixtepec. El destino me proporciona un último vistazo a los ojos de la bestia. Me voy a ir y como suponía el primer día no me he acostumbrado a ver los migrantes descender del tren. También es la despedida de Kristina, voluntaria alemana.

 

Una última historia llega a mis oídos. Pero esta historia no me toca a mí contarla, se la cuentan a Nando para que la escriba. Otra historia de nombres. Habla de un joven que lleva tiempo en el albergue y aunque no diré su nombre tampoco se llama así. Llegó con un nombre falso huyendo de una infancia dura y peligrosa, y después de varias semanas quiere contar su historia porque más temprano que tarde abandonará el albergue. Y si puede sin decir Adiós. Son muchos días compartiendo el tiempo con quienes ahora son sus amigos. De por sí su vida ya ha sido dura y no quiere otro día más de lágrimas y lamentos. Se irá sin decir nada, dejando amigos e historias. Esta despedida me gusta. Y llegará a EEUU esperando que el amor que tuvo que aparcar en su país de origen vuelva a resurgir. Espera que ella olvide el silencio que él dejó y para ello lleva una historia cargada de sentimientos.

La tarde está tranquila y aprovechamos para echarnos fotos con los migrantes, y recordar en mi caso, mi breve estancia. De la iguana nadie se acuerda, y aún siguen relatando las historias del chancho. Ramón me regala una pulsera. Se la pedí blanca y azul con los colores de la bandera de Honduras, pero los trapos disponibles no dan para esos colores. Los migrantes con precisión deshilan trapos sin aparente uso y de ahí sacan el material para sus pulseras. Al final me entrega una pulsera verde y roja que bien podía representar mi paso por el albergue.

Unos días atrás me dijo que le gustaba mucho una camiseta blanca y verde que me vio. Le comento que se la daré a mis compañeros extremeños para que se la den otro día, una vez la lleven a la lavandería. Aún hay ropa por repartir. Ya ves, le gusta la camiseta porque aparece un atleta con los brazos alzados cruzando la meta. Una camiseta del Cross Popular de Fuente del Maestre del 2009. En verdad, es bonita y solo se ha usado una vez, el día que me la vio puesta. Metí tantas camisetas nuevas en la maleta que no cupieron mucha mía, y tuve que hacer el apaño. Pienso en la sencillez de las cosas en el albergue. Una camiseta que llevaba cuatro años y medio guardada en casa y que parecía destinada a perderse, y mira por donde aquí despierta ilusión. Le digo a Nando que me debe una foto de Ramón con la camiseta…

 


A Kris se le nota que la despedida está siendo dura. Han sido varios meses con los chavalos. Los migrantes la despiden con tremendo afecto. ¡Hay porqué será! (como se leería en el karaoke de la plaza Garibaldi). Y empieza a lagrimear. -No llores, que en las despedidas tampoco se llora-. Le recuerdo que será el último recuerdo que se lleven de ella. Pero compresiblemente no atiende a mis palabras. Y llora aun tratando de evitarlo. -Sonríe y vayámonos como si fuéramos a volver mañana-. Porque mañana no se olvidarán los recuerdos y tendremos a todos presentes. Voluntarios y migrantes, y al Padre y a Beto. Porque en las despedidas no se dice adiós, y menos hasta siempre. En las despedidas acaso se pronuncia un hasta pronto, porque la intención debe ser de volvernos a encontrar en este mundo que para nosotros no tiene fronteras.

Hasta pronto, hermanos en el camino.
 

Pd.- En Ixtepec las fronteras son difusas. El mediterráneo abarca desde Argentina hasta Estambul (¡el karaoke de plaza Garibaldi es muy bueno!).

Epílogo. De regreso  a casa sigo recibiendo mensajes por Facebook de Wilmer Rivera. Estando en Oaxaca recibo un mensaje donde me dice que se encuentra en Veracruz, en Tierra Blanca. Y la semana siguiente escribe que está en Torreón, en el estado de Coahuila. Le respondo que poco a poco va cumpliendo su sueño. El día 23 me comenta que está en Piedras Negras, ciudad fronteriza con EEUU. -Deseo amigo, que tu próximo mensaje sea desde EEUU-. Y el día 25 me responde: -Si mañana me voy para el otro lado-. Seguramente ya se encuentre en EEUU, pero la continuación de su viaje ya no saldrá en esta historia.

martes, 25 de febrero de 2014

La despedida (y las historias) (2 de 3).
12 de febrero de 2014.
***sábado 8***
El sábado conozco al padre Solalinde. Sencillo y humilde pero con un discurso fluido y cargado de verdades y esperanzas que te atrapan desde el principio. Su primer acto con los migrantes es en la capilla. Invita a los voluntarios a que nos presentemos antes ellos, para después preguntarnos uno a uno porqué nos encontramos en el albergue.
-¿Por qué vuestro tiempo libre no lo disfrutáis en Huatulco (la zona más turística del Istmo)?-
-¿Por qué si tenéis la vida resuelta cruzáis medio mundo para servir a los demás, en lugar de descansar?-
En mi turno, ante los migrantes –quienes miran fijamente en silencio- respondo a la pregunta del padre: -En su propia pregunta está nuestra respuesta-. Nosotros disfrutamos de la libertad para movilizarnos, de los recursos económicos que nos permiten desplazarnos y dedicar tiempo a los demás, porque somos nosotros, desde nuestra posición privilegiada, quienes podemos ayudar a los demás. No es una imposición la que nos mantiene allí ni tampoco una obligación. Es tan solo un deber lógico de cómo funciona el mundo: el que puede debe ayudar. Mi responsabilidad para con los demás es un acto voluntario que deseo realizar, más allá de un deber moral o una acción ética.
Mi compañero Nando Muñoz responde aportando una nueva visión: –Mi punto de vista es más egoísta-. Y cogiendo la mano de un migrante explica todo lo que está recibiendo de todos los hermanos en el camino que sus ojos ven pasar efímeramente por el albergue. Porque es mucho todo lo que los voluntarios reciben de los migrantes. Comparto totalmente su visión sobre el voluntariado. Y por ello también me siento egoísta, porque dudo que esté aportando a los migrantes más que lo que ellos me están ofreciendo.
Revisando días después las fotos que Dani tomó de los migrantes mientras escuchaban al padre también se responden sus preguntas. Sus miradas y los rostros que las soportan describen ingenuamente lo que motiva a cualquier persona en prestarse como voluntario. Y también las imágenes de sus abrazos, de sus manos, de sus pies…
 
 
En el tren del día anterior llegó J.P.C., un niño guatemalteco que vestía con una camiseta con la imagen de Zapata, el Ché, y el Subcomandante Marcos. Se empeñaba en afirmar que tenía 18 años, aunque a mi parecer era más joven. El sábado entró unas pocas veces en la oficina para enviar varios SMS a sus padres para que le llamaran al albergue. Siempre caminaba solo, con sus botas sin cordones, sus pantalones de alguien 20 o 30 cm más alto que él y con una mochila de nylon rota donde no cabía la manta que llevaba.
Le pregunté por la chamarra del Ché y me dijo que se la habían regalado. Aunque era ajeno a lo que podía representar. Le daba igual lo que pusiera. Él era una persona sencilla y no se preocupaba de eso. Nunca se puso nada para que otros lo vieran.
El día anterior me pidió una cuerda para atar la manta, y le llevé unos cordones de zapatillas para que usara de cuerda. Pero ya había encontrado una. Entonces agarró los cordones y fue cuando me di cuenta de que no tenía en sus botas, sus prolongados pantalones le rastreaban a pesar de estar doblados. Al día siguiente le regalé mi mochila y un cinturón para que los pantalones no le cayeran tanto.
Como siempre deambulaba solo, por la tarde me acerqué a él, para comentarle si sabía que sus padres le podían enviar dinero a través del albergue y recogerlo al día siguiente. –Yo no soy de esos- me respondió. -¿Por qué?- le pregunté, no sabiendo por qué no quería recibir ayuda. –Si mis padres ni siquiera me llaman, no responden a mis mensajes, ¿tú crees que me enviarán dinero?-.
Me confesó que salía por Ixtepec para ganarse unos pesos. -¿Y los consigues?- quise saber. -La pregunta ofende- respondió con madurez y la voz ronca. Ahora si parecía mayor, aunque sonreía como el niño que era.
Luego, con otro migrante también hablamos de futbol. El otro chico y yo íbamos por el Barça pero el guatemalteco también pasaba. -Yo cuando hay futbol me voy con las pantojas (chicas) y paso del partido. No soy como los demás, soy una persona sencilla- repitió una vez más. Sólo hablaba con interés del trabajo que esperaba conseguir cuando llegara al norte de México. Era de los pocos que no cruzaría la frontera.
 
***domingo 9***
 
El domingo acudo al mercado de Juchitán con algunos migrantes para recoger lo que nos den. Siempre regresan con fruta y verduras, y si hay suerte con algo de carne. Antes de ir pienso en qué consistirá. Ya me han dicho que debemos pedir entre los tenderos y que siempre alguien dona para el albergue. Pero la realidad es algo diferente. Entre todos llenamos la caja del coche con kilos y kilos de frutas y verduras. Pero para mi sorpresa no es una donación de fruta madura o verdura algo pasada. A simple vista todo está para tirarse. Callo y sigo llevando las cajas al coche, pero cuando ninguno me ve, le pregunto a uno de los chicos de la frutería del mercado que hubiesen hecho con esta comida si no hubiésemos llegado nosotros. –Tirarla a la basura-. Por un momento tengo la sensación de que realmente les estamos tirando la basura, limpiándole el almacén pero claro, yo hablo desde mi falta de experiencia.
En otro comercio también nos regalan una bandeja con varios tipos de carnes. En el mercado nos cuentan que del tren que pasó esta mañana se cayó una chica y está ingresada –fuera de peligro- en el hospital. Después del trabajo y antes de irnos compartimos entre todos una Coca-Cola de 3 Litros sentados sobre la fruta en el coche, y nos hacemos una foto para el recuerdo, que me piden que suba al Facebook. Me preguntan si volveré otro día a por fruta, supongo porque notan en mi rostro la decepción del alimento recogido. Les digo que no, porque en pocos días regreso a España. Si no, por supuesto que los acompañaría otro día.
 
 
No obstante, la labor más dura comienza cuando la fruta y la verdura recogida llegan al albergue. Es la tarea menos agradable, según dicen, porque yo no lo hice. Y consiste en tratar todos esos kilos de comida (que en mi opinión eran para tirarse) y aprovechar aquello que aún es comestible. Y el trabajo concienzudo de las hermanas, algunos voluntarios y también varios migrantes da sus frutos y de donde yo no veía comida salen frutas y verduras para varios días. En cada comida puede comer unas 100 personas en el albergue, el cual solo se sustenta con donaciones y sin ayuda oficial, ni de las administraciones ni de la diócesis a la cual pertenece. Como curiosidad me cuentan que hace pocas semanas recibieron una donación del mismo Dalai Lama.
Al llegar al albergue me encuentro la capilla llena de migrantes. Como es domingo el padre Solalinde está oficiando la misa. Me acerco por uno de los laterales para asistir a la última parte. Pienso en el tiempo que hace que no voy a misa sin contar bodas ni entierros y no recuerdo. El padre Solalinde habla de solidaridad, de justicia, de favorecer la emancipación de los pobres y del fin de cualquier tipo de violencia. Los migrantes rezan y unos pocos acuden a comulgar. Es una ceremonia diferente. El padre finaliza preguntándonos si creemos en la palabra de Jesucristo, su único hijo, nuestro señor, en su palabra como revolución para cambiar el mundo, para modificar aquello que falla y para ser partícipes para que otro mundo sea posible. Por un momento mi agnosticismo se tambalea y empiezo a pensar qué diferente es este tipo de iglesia de la que nosotros conocemos. Entonces comprendes porque los migrantes, a pesar de sus penurias y desgracias, son tan creyentes y están en todo momento con Dios, Jesús y la Virgen en la boca. “Si Dios quiere llegaremos bien…”, “Gracias a Jesús y a la Virgen el viaje fue bueno…”. Siento también una envidia sana por como mantienen su fe, su confianza en ese Ser que al menos yo no imagino en ninguna de las formas que me han presentado.
 
 
El domingo también finalizó otra historia que llevaba tiempo prolongándose. Semanas atrás el padre consiguió liberar de una cárcel al norte de Ixtepec a trece cubanos, un bangladesí y dos haitianos que estaban siendo extorsionados por la policía. Los cubanos recibieron pronto los papeles y se marcharon del albergue antes de que yo llegara. El bangladesí lo recibió más tarde. En cambio, el caso de los dos haitianos se prolongó. El bangladesí los esperaba día tras día, pero estaba poniéndose nervioso. El gobierno mexicano les facilita un salvoconducto –como apátridas- que les permite moverse libremente por el país durante un mes. El objetivo de los tres era cruzar la frontera con EEUU y entregarse para pedir asilo político. Según sus historias, la vida de los tres corre peligro en sus países. El bangladesí viajaba –según me cuentan- con una carpeta donde guardaba denuncias y otros documentos que así lo demuestran. No quería irse solo, sin sus amigos haitianos, pero no podía demorarse más porque tenía un mes para cruzar el país, y los días estaban ya corriendo. Por fin, después de varios días, Beto (mano derecha del padre Solalinde) resolvió la situación de los haitianos y al día siguiente los tres pudieron viajar con el padre a DF. De ahí, iniciarían su viaje hacia EEUU.
 
Por la tarde, J.P.C. me comenta preocupado una cosa que escuchó la noche anterior en el dormitorio de hombres. –Dicen que en Matías tiran a la gente-. No sé qué responderle. Le pregunto a Nando y me comenta que ha escuchado lo mismo. Tampoco sé cómo contárselo sin mentirle ni preocuparle. Hablo con el padre por si él tiene una opción mejor. Le digo que creo que es menor y que no cruzará e EEUU. El padre me dice que en Matías no hay problemas, que los problemas son donde siempre, en el estado de Veracruz. Intento ser realista con él, quitándole hierro al asunto, aunque no creo que lo lograra. Pero J.P.C. no tiene opciones, debe viajar al norte pase lo que pase en Veracruz o en cualquier otro estado.
 
Más tarde me busca para preguntarme si le queda bien el peinado. Le acaban de cortar el pelo. –Te queda bien- le respondo con franqueza. En aquel momento me di cuenta de que en el albergue no hay espejos. Y por ello los migrantes se afeitan mirándose en los espejos retrovisores del coche de la policía. Entonces le fui a buscar un peine con espejo de los que llevé al albergue y se lo regalo. Durante unos minutos el peine con su espejo fue trending topic entre los migrantes, quienes aprovechaban para mirarse o recortarse el bigote. Por fin, encuentro al joven guatemalteco hablando y riendo con unos y con otros. En definitiva, compartiendo su viaje.

lunes, 24 de febrero de 2014


La despedida (y las historias) (1 de 3).
12 de febrero de 2014.

En las despedidas no se debe decir adiós. Tampoco hasta siempre. Con las despedidas se inicia un proceso de memoria donde los recuerdos nos mantendrán siempre cerca de las historias que sucedieron y de los personajes que las protagonizaron. Uno se debe despedir como si al dio siguiente amaneciera igual y las mismas personas volvieran a verse. Tras una despedida solo importan los recuerdos y siempre la última imagen es la que se mantiene en el recuerdo.  Y antes de la despedida, las historias se sucedieron.
 
***martes 4***
 
Mi primer día amaneció en el albergue mientras los migrantes miraban con curiosidad entre las ramas del árbol donde el padre Solalinde inició toda su obra. Unos apuntaban con el dedo índice, y otros negaban con la cabeza. Esta es la historia de la iguana. Pocos conseguían verla, inmóvil sobre unas de las ramas como si con ella no fuera la cosa. Pero esta historia ya ha sido contada.

Esa misma mañana llegó el tren. La primera imagen es impactante, aunque las personas acabamos acostumbrándonos a todo, a lo bueno y a lo malo. Durante mis diez días en el albergue la bestia llegó cinco veces, una frecuencia superior a la habitual, y en mi caso no acabé por acostumbrarme a la imagen de los migrantes descendiendo del tren.

 
Y con la llegada del tren surgen las verdaderas historias.  Llegó un niño de 11 años con su tío. El sobrino apenas hablaba, y fue el adulto el que nos relató su historia, la que les hizo subirse a lomos de la bestia. El hombre vive en Estados Unidos y tiene trabajo. Por tanto, puede entrar libremente en el país, e incluso –supongo- puede permitirse viajar en transporte corriente. Pero la vida es dura y gesta historias insólitas. El niño es el hijo de su hermana, y lleva tiempo que está siendo amenazado por Los Maras. O se une a ellos, o sufrirá su violencia. Las actuales leyes estadounidenses restringen que los ciudadanos centroamericanos residentes en EEUU reciban visitas de familiares. En definitiva, el tío del niño nos relató que tuvo que viajar hasta El Salvador por petición de su hermana para alejar al sobrino de la violencia que le rodea. Y la única opción viable que disponen es introducir al niño de manera no oficial en el país.
 
***miércoles 5***

Al día siguiente, aparecieron por el albergue cuatro salvadoreños que la noche anterior durmieron en las vías. Juan Carlos y su tío José Luis, David y Elvis. Eran afables y de trato fácil, y conversamos varias veces. Juan Carlos me contó que eran creyentes y que para él todo se lo daba Jesús. En El Salvador era tapicero. Me sorprendió saber que el poco tiempo del que dispusieron en el albergue no lo utilizaron para descansar. Salían a pasear por Ixtepec (excepto Juan Carlos, quien era mayor y si dormía cuanto podía) a pegar carteles con versículos de la biblia. Cuando pegaron todas las copias que llevaban consigo, empezaron a escribirlas a mano. –Es nuestra obligación para con nuestro señor-. Les desee suerte antes de que marcharan.

 


*** jueves 6 ***
 
Algunas historias nos llegan de España. Mueren nueve inmigrantes cuando intentaban llegar a la costa española de Ceuta. En sí la noticia ya es triste, pero cuando leemos que es un homicidio por parte de policías la tristeza se vuelve indignación y rabia. Entiendo, aunque no comparto, a quienes defienden unas fronteras más rígidas. Pero es indefendible que las autoridades españolas no sólo no socorran a ese grupo de inmigrantes, sino que se dediquen a dispararles botes de humo. Siendo educados solo puede calificarse como homicidio el disparar botes de humo a un grupo de personas que nadan en alta mar.

 *** viernes 7***
 
En el tren del viernes llegó el nica Wilmer Rivera. Vive cerca de Managua. Hablamos durante ratos sobre Nicaragua y también de futbol. Otro culé más. Me relata que se fue de casa por falta de un trabajo bien remunerado. Le dijo a sus padres que se iría unas semanas a casa de una tía suya que vive en el norte del país, y aprovechó para iniciar un viaje aún más al norte. Al albergue llegó con otros ocho compañeros que conoció en El Salvador. Le pregunto si necesita algo de ropa, y responde que no, que no me preocupe por él. Su situación y aspecto es mejor que la media de migrantes. Esperaran unos días a que varios compañeros reciban el dinero que sus familiares han enviado y luego cogerán en bus para el norte. Pueden permitírselo.

Me pregunta si tengo Facebook y que cuanto amigos tengo. Le digo que 94, sino me equivoco. Él tiene cerca de 200. Me quiere invitar para no perder el contacto. Me pregunta si le aceptaré, porque le extraña que tenga tan pocos amigos. Le contestó que claro que sí. Y le pregunto porque tiene él tantos. –Me gusta vacilar teniendo muchos-. Y a los pocos minutos somos también amigos de Facebook.
 
En medio de todas estas historias, varios migrantes indefinidos me intentan liar con la historia del chancho que robaron. Señalan al enclenque, otros miran para Farruco, y todos ríen. Según parece, hace un par de meses robaron un chancho, y por lo visto lo entraron por la puerta principal, pero nadie se preocupó de ver las cámaras de seguridad. Al final, lo mataron y entre todos se lo comieron. ¿Para que buscar culpables con lo rico que supo? No todos los días se come carne en el albergue.

Alejandro me cuenta otras historias que ya han vivido. Me cuenta como un migrante de los indefinidos, amenazado por los Zetas, cruzó México jugándose la vida y la de su familia para llevar a su mujer a Estados Unidos. –Temimos por su vida- me confiesa mi amigo. Ella logró cruzar la frontera y actualmente vive y trabaja en EEUU. En cambio, él continúa esperando en el albergue a que pase el tiempo necesario para que a ella le permitan que su marido pase a suelo norteamericano. En él me fijo cuando pienso en que la ropa que dejé (y que unos pocos amigos y familiares donaron) en el albergue y como ellos la aprovechan al máximo. Este migrante rondará los 40 años y la mitad de las veces que lo vi llevaba una camiseta a rayas con la imagen de Bob Esponja.

También me habla de un salvadoreño que llegó hace unas semanas huyendo de La Mara. En su país era feliz. Trabajaba en un comercio. Y llegó el día en que ahorró lo suficiente para comprarse una moto pequeña para llegar antes al trabajo y evitar esperar el transporte público. Es entonces cuando su vida cambió. Día tras día empezaron a extorsionarle y a pedirle dinero. El dinero que ganaba trabajando dejó de ser suficiente y él de ser feliz.
 

 

viernes, 7 de febrero de 2014

4 de febrero de 2014, Ciudad Ixtepec (Oaxaca - Mexico)

Otro mundo es posible.

Conociendo el albergue, nos avisan que el tren esta llegando. De lejos, se escucha el rugir de la bestia, la fricción de los frenos contra el acero de las vías. La primera imagen impacta. Tras el primer vagón se divisan la silueta de los migrantes que viajan en el techo de los vagones.

El tren, para quien no lo sepa, es un mercancías. En Mexico no existe el transporte de viajeros por tren. Los migrantes son los únicos pasajeros oficiosos. Viajan sobre todo en el techo, pero también entre los vagones. Soportan las heladas de la noche y las abatidas de las ramas de los arboles, que no solo lesionan, sino los lanzan fuera del tren a una altura respetable. Al norte del país, los que ya viajaron antes, relatan con bastante precisión el numero de tuneles que hay y como debe presionar tu cuerpo contra el techo del tren para evitar ser golpeados. Además, al norte las heladas son mas pronunciadas.

Aunque quizá el frio sea lo de menos; los Zetas asaltan los vagones en busca de dinero, objetos y de jóvenes que mueran en sus luchas contra otros clanes del narcotráfico. Con respecto a las mujeres, es de fácil suponer que buscan de ellas. Por aquí dicen que ser joven y bella no es precisamente una bendicion.

El tren se detiene y sus "pasajeros" descienden a diferentes ritmos. Los mas necesitados caminan deprisa en busca de ayuda. Los voluntarios del albergue los invitamos a las instalaciones: agua, comida, un lugar para el descanso, ropa nueva... Otros bajan sin saber que deben hacer, temen de todos. Médicos Sin Fronteras aparece para proporcionar asistencia medica. El Grupo Beta (asistencia a migrantes del gobierno mexicano) reparte un piscolabis, y la fiscalía y los federales aparecen para saber si los migrantes han sido presionados para realizar pagos, amenazados, o si alguien va contra su voluntad. Entiendes porque algunos temen al ver tal dispositivo.

Un ultimo grupo hace referencia a quienes siguen a su "pollero". Dícese de la persona que se encarga de un grupo de migrantes durante el viaje. Previo pago, por supuesto. El líder camina y el resto le sigue, con cabeza baja, sin responder a tus palabras, como pollitos tras su madre.  Los polleros suelen llevarse a sus grupos a hoteles o casas que previamente han rentado. Se alejan del foco de las luces. Aunque a veces, si el grupo es reducido, van al albergue.

Según los federales el tren llego con unas 300 personas. En el albergue entraron inicialmente unas 70, aunque por la tarde y al dia siguiente continuo entrando gente. Suele ser frecuente. El hambre y el cansancio no son imbatibles.

En las puertas del albergue un policía que envía la municipalidad cachea a los migrantes y sus bolsos. Después, en las oficinas se les registra en el albergue y en la web sobre migraciones del Gobierno Mexicano. Se les fotografía y se les toma los datos, como el teléfono de un familiar. Por si en el viaje sucediera alguna cosa saber quienes eran y con quien comunicarse.

En el albergue disponen de tres días, antes de continuar su caminos hacia Estados Unidos. O, casi ninguno, decidir regresar a su país. Solo en el caso de situaciones extraordinarios, como enfermedad, temas legales, o si se encuentran trabajo (sin contrato, no disponen de una situación legal en el pais) se les va ampliando su estancia.

Esta noche, de madrugada se espera que llegue de nuevo La Bestia. Por la noche impacta mas, me comentan mis compañeros. En otro momento hablare de las historias que relatan. Siempre con reservas, como en esta entrada al blog, donde he relatado mi primera experiencia evitando los datos mas personales, las imágenes que aun continuando merodeando por mi cabeza, al igual que las fotos que guarda mi cámara y que no considero que haya que hacer publicas.
De esta manera, queda una entrada fria, una mera explicacion del funcioamiento del albergue. Porque las historias que relatan los migrantes son duras y tambien el aspecto con que llegan. Huyen de Las Maras y de la pobreza y del desempleo, huyen porque sueñan, como todos, por un futuro mejor, porque confian que otro mundo, lejos del suyo, es posible.

miércoles, 5 de febrero de 2014

1 de febrero de 2014. Los Nadies (de Eduardo Galeano).

Antes de llegar a mi destino, en el DF conozco la figura de Benito Juárez, presidente clave en la consolidación de México como nación. Reflexiono sobre una cita suya:

"Todo lo que México no haga por si mismo para ser libre, no debe esperar, ni conviene que espere, que otros gobiernos u otras naciones hagan por él".

Por un momento, aparto a México de pensamiento y regreso a España, a los problemas de cada ciudadano. Y acepto las palabras de Benito Juárez como una reflexión para aplicar hoy en día.

No debemos esperar, ni conviene que espere, que los problemas que asolan a la sociedad en la actualidad, cada conflicto que surge, otros lo resuelvan por nosotros. Y debemos ser nosotros quienes iniciemos nuestro propio proceso para ser libres y también para defender al oprimido; ser nosotros quienes recuperemos los derechos perdidos y además evitemos la indefensión de los más débiles.

En definitiva ser nosotros, libres, capaces y críticos, quienes iniciemos el cambio. Ser nosotros, quienes otros esperan, porque ellos no puedan ser. Ser nosotros para que Los Nadies sean.